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Boletín Salesiano 142. Julio/Agosto 2009

La peregrinación de la urna con la imagen y la reliquia de Don Bosco no nos deja indiferentes. Para sus hijos y amigos despierta profundas resonancias interiores. Sin embargo es posible que, para quienes miran desde fuera esta visita, surjan algunos interrogantes. A todos nos hace bien preguntarnos cómo viene Don Bosco, a qué viene Don Bosco. La respuesta más valiosa es la que nace en cada uno, desde lo más profundo.

Memoria entrañable de un Padre y Amigo

Los chicos del Oratorio y los primeros salesianos querían, de mil maneras, guardar la memoria del Padre.

Se organizaron de tal modo que ninguna palabra o gesto de Don Bosco se perdiera. Testimonio de este deseo son las miles de páginas guardadas en el archivo central salesiano (no sólo sus cartas o sus escritos más importantes sino también apuntes de sus palabras en las buenas noches, borradores, pequeñas esquelas…) y también decenas de fotografías y de objetos…

En esta historia hay también otros gestos que, a algunos, parecerán extraños o pueriles, pero que se comprenden desde la lógica del afecto filial. Por ejemplo: cuando el peluquero cortaba el cabello a Don Bosco los chicos lo guardaban en sobrecitos para tener un recuerdo suyo; y en la habitación de Don Bosco se quisieron guardar todas las cosas tal cuál estaban en el momento de su muerte (¡hasta lacraron la botella de agua que estaba en la habitación para que no se perdiera!)

No nos extraña entonces que, en el momento de la muerte, los salesianos quisieran conservar el cuerpo de Don Bosco con gran cariño y con muchos signos de veneración. A su modo, la familia de Valdocco se ponía en la corriente de una antigua tradición de la Iglesia que venera las reliquias de sus mártires y santos... y así manifestaban la santidad de Don Bosco antes de ser declarada por la Iglesia.

Cercanía de una presencia viva

Quienes visitan el altar de Don Bosco en la Basílica de María Auxiliadora de Turín – Valdocco sienten algo muy especial: es como estar en presencia del padre querido y verlo allí como descansando después de una larga entrega en la misión…

Llegar alguna vez junto a su tumba es un deseo del corazón salesiano. Como eso no será posible para la inmensa mayoría de nosotros, el Rector Mayor, ha querido que una réplica de esa urna vaya hasta donde está la familia de Don Bosco en el mundo entero. Así ha comenzado esta larga peregrinación que podríamos imaginar como un viaje del Padre que visita a sus hijos…

Llegará, entonces, a nuestra tierra una hermosa urna que contiene reliquias de Don Bosco: huesos que están debidamente resguardados dentro de la imagen de Don Bosco (en su pecho convertido en “relicario”).

La estatua es copia fiel de cómo se veía Don Bosco luego de su muerte, tal como fue colocado y revestido con los ornamentos sacerdotales, tal como lo despidieron sus salesianos y los chicos de Valdocco. Es una copia antropométrica exacta: rasgos, posición, estatura (…dicho sea de paso, sirve para descubrir que Don Bosco era de baja estatura). Una atención especial merece el rostro: fue logrado a partir de una “máscara” (el “molde” había sido tomado del verdadero rostro de Don Bosco apenas fallecido). ¡Ese es el rostro que cautivaba con su bondad y que transmitía alegría y confianza!... y hasta parece que todavía sigue sonriendo.

Supo amar hasta dar la vida

La imagen del “Don Bosco que nos visita” no es la del sacerdote activo, lleno de vitalidad, sino la de un Don Bosco que gastó hasta sus últimas energías en favor de los jóvenes

Es un Don Bosco desgastado, fundido de tanto trabajo, de tanta entrega. El había dicho: “He prometido a Dios que hasta mi último aliento será para mis queridos jóvenes”. Esta imagen es el signo de que él cumplió su promesa. Estamos ante Don Bosco, el sacerdote que por amor a los jóvenes, lo entregó todo: “por ustedes trabajo, por ustedes estudio, por ustedes estoy dispuesto a dar la vida”.

Detenerse contemplativamente delante de Don Bosco que reposa después de una larga jornada nos evoca el secreto de su vida y de su misión: no sólo trabajar con empeño y creatividad sino sobre todo, entregar por amor a Dios, la propia vida como el grano de trigo que muere en la tierra para dar fruto; como Jesús en la cruz. Nuestro padre vivió apasionadamente su lema: “Da mihi animas, cetera tolle”. Esta imagen nos dice que “todo se ha cumplido”… y que ahora nos toca a nosotros continuar su trabajo…

Paso de quien reclama hijos y discípulos que lo mantengan vivo

Es paradójico… ¡la presencia de un Don Bosco muerto convoca a la vida!

Por eso, aunque resulte un poco extraño, recibiendo a Don Bosco no participamos de una tragedia ni de un velorio sino de una evocación afectuosa del Padre y tomamos conciencia de ser parte de una historia que nos compromete.

Estar junto a Don Bosco genera una enorme responsabilidad: “Don Bosco, yo quiero ahora gastarme por amor a los demás, como lo hiciste vos”. Quizás el mejor ambiente para recibir a Don Bosco es caracterizarnos como los salesianos, jóvenes y laicos del primer oratorio, acompañarlo con afecto y decirle, desde muy hondo: “aquí estamos, somos tuyos, estamos dispuestos a seguirte”, “queremos ser Don Bosco vivo y continuar su misión para los jóvenes de hoy”.

Y, quizás, en este clima podamos escuchar de sus labios un reclamo de fidelidad y de coherencia, una llamada a volver a él, a volver al patio en medio de los jóvenes. “Que vuelvan los tiempos felices del antiguo Oratorio”: ese era el deseo del Padre, el anhelo que le quitaba el sueño, la preocupación de sus últimos años… Estos sentimientos se expresan en clima de fiesta y en celebraciones gozosas... pero calan profundamente si encontramos, junto a las reliquias de Don Bosco, espacios fecundos de silencio, de meditación y oración personal.

Camino que nos hace familia más allá de las propias fronteras

Don Bosco no puede entenderse sino como Padre: Padre de los jóvenes, de los salesianos, de una gran familia…

Su presencia, como en círculos concéntricos, llega a muchos. Su persona, su espíritu y su misión resultan atrayentes y simpáticos aún a quienes están lejos de la vivencia religiosa. El Padre de los jóvenes es un hombre de comunión, su Casa es escuela de comunión.

También hoy Don Bosco viene como pastor y misionero a reunir no sólo a su familia, sino también a aquellos que están lejos del amor de Dios. Él describía el Oratorio como “una Casa querida por Dios para ‘reunir a los hijos de Dios que estaban dispersos’ (Jn 11,52)”.

La urna con las reliquias de Don Bosco recorrerá nuestra tierra paraguaya pero irá también por casi todo el mundo. Así se convertirá en un signo de comunión universal. Delante de Don Bosco nos sentimos unidos en una Familia en la que las diferencias no son una amenaza sino una gran riqueza. En las diversas lenguas y culturas volveremos a llamarle como él quería: “Llámenme siempre Padre, y seré feliz”.

Cuando estemos frente a esos signos de la presencia entrañable de Don Bosco podremos volver a decir con alegría y gratitud las palabras de uno de los primeros salesianos: “Hemos encontrado un Padre, una familia y una hermosa misión”.

La peregrinación comienza en el 2009, cuando la Congregación Salesiana celebra sus 150 años y finaliza en el 2015… justo a los 200 años del nacimiento de Don Bosco. Su visita es “memoria y profecía”: la historia continúa. Dios quiere viva nuestra familia para el bien de la Iglesia y de los jóvenes, especialmente los más pobres, abandonados y en peligro. Nuestra fidelidad al Padre es signo de vitalidad, de fecundidad y de esperanza…