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Boletín Salesiano 142. Julio/Agosto 2009 

“La educación y la evangelización de muchos jóvenes, sobre todo entre los más pobres, nos mueven a llegarnos a ellos en su ambiente y a acompañarlos en su estilo de vida con adecuadas formas de servicio” (Constituciones Salesianas, 41). Néstor Ledesma

Hace 150 años, un grupo de jóvenes se reunieron en la habitación de Don Bosco “con la finalidad y en ánimo de promover y conservar el espíritu de auténtica caridad que se requiere en la obra de los Oratorios para la juventud abandonada y en peligro, que en estos tiempos calamitosos es seducida de miles maneras en detrimento de la sociedad y arrojada a la impiedad y la falta de religiosidad.

Les gustó por lo tanto a los mismos Congregados erigirse en una Sociedad o Congregación que, con la finalidad de ayudarse mutuamente para la propia santificación, se propusiera promover la gloria de Dios y la salud de las almas especialmente de las más necesitadas de instrucción y educación…”.

Ayer como hoy, queremos vivir atentos a las necesidades de los jóvenes de nuestro tiempo y de nuestro país. De los 150, 113 años han sido ya de presencia salesiana en el Paraguay; mucho se ha caminado, y al contemplar el horizonte primero de la misión salesiana, surgen preguntas, surgen cuestionamientos, siempre en el deseo de ofrecer lo mejor a los jóvenes más pobres y abandonados.

Hoy, sin lugar a dudas, los tiempos han cambiado… Pero, ¿ha cambiado la misión salesiana? ¿Han cambiado los destinatarios?

La respuesta es simple: NO. La realidad se ha hecho más compleja, sí; los jóvenes han multiplicado sus gritos, sus clamores de dolor y abandono, sí. Por ello mismo la misión salesiana hoy es más actual que nunca. Hoy más que nunca, necesitamos como Don Bosco, aprender a caminar con los jóvenes ayudándolos a ser protagonistas de su propia historia, de su salvación.

Al mirar las estadísticas de la juventud de nuestro país, nos surgen temores, incertidumbres. ¿Para dónde vamos? ¿Qué se puede hacer? Los caminos aparecen inciertos. La cosa se complica aún más cuando miramos la realidad de las familias. El mundo de los medios de comunicación, un monstruo grande y difícil de domar, con mensajes e ideas de todo tipo; sus “mundos” virtuales que llenan el espacio y el tiempo de los jóvenes. Todo ello ilusiona, llena y divide el corazón de los jóvenes. ¿Cómo acompañarlos? ¿Cómo ser fieles a la misión juvenil salesiana?

Don Bosco perdería el sueño intentando llegar hasta estos jóvenes para escuchar sus expectativas, para conocer sus sueños. Don Bosco saltaría los límites del oratorio. Don Bosco estaría preocupado por la vida de estos jóvenes; hoy como ayer, estaría presente en el mundo del trabajo, “metiéndose” con el tema de los contratos.

Don Bosco les miraría el corazón para reconocer sus energías más profundas y escuchar la voz de la vida que anida en ellos. Les infundiría confianza de padre, estaría con ellos. Ciertamente, Don Bosco sabía que la situación de los jóvenes requería también cambios más profundos a nivel de sociedad, por ello, la transformación de la sociedad era importante para él, vital para garantizar el espacio y el tiempo nuevos para los jóvenes.

Ser fiel al carisma del Santo de los jóvenes implica tomar opciones valientes. Implica renovar el espíritu y la opción preferencial de la misión salesiana recomenzando desde los últimos [Cfr. CG26, 106] fortaleciendo las experiencias de promoción y protección de los jóvenes más pobres, de los más débiles, de los más necesitados.

Se hace urgente asumir posturas y actitudes cada vez más concretas a favor del cuidado permanente de la familia. No se puede estar aprobando leyes que destruyan su sentido primordial y nosotros permanecer callados. Nuestros jóvenes y nuestra sociedad necesitan valientes defensores de la familia.

Los hijos e hijas de Don Bosco debemos animarnos a recorrer los “nuevos patios” donde están los jóvenes, haciéndonos presentes como educadores y acompañantes de la vida. Dejemos de vivir presencias tímidas en el mundo de los medios de comunicación; debemos arremangarnos sin comodidades ni miedos para emprender el camino con los jóvenes.

Finalmente debemos fortalecer nuestra opción por la educación. Dicen que sin confianza no hay educación. Por eso mirando al corazón de los jóvenes, como Don Bosco, despertemos nuestra confianza y la confianza de los propios jóvenes en sí mismos, para que con paciencia, todos construyamos una nueva sociedad, cuya identidad ha de ser la solidaridad, la justicia y el compromiso con los más pobres, el amor a la vida, la alegría y la fe.

Construyamos una sociedad donde los jóvenes puedan ser ellos mismos. Una sociedad donde los jóvenes sean protagonistas de su propio proyecto de vida. Una sociedad donde el joven sea capaz de dar su vida por otro joven. Una sociedad donde lo cotidiano se transforma en una auténtica experiencia de crecimiento humano y espiritual, que tiene como fuente a la “caridad de Dios que previene a cada criatura con su Providencia, la acompaña con su presencia y la salva donando la vida” (Const. SDB 20).