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Don Pascual Chávez, noveno sucesor de Don Bosco, nos relata cómo surgió la idea de la peregrinación de las reliquias de Don Bosco El 12 de noviembre de 2005 he vivido una de las experiencias más hermosas y significativas no sólo de mi vida salesiana, sino de toda mi experiencia humana. Había ido a Valdocco, entre otras cosas, para el reconocimiento del cuerpo de Don Bosco, y debo decir que cualquier expectativa mía quedó absolutamente superada.
Había pedido al Inspector y al Rector de la Basílica que, antes del acto oficial, con la presencia de las autoridades competentes y de algunos Salesianos e Hijas de María Auxilidora, pudiera quedarme sólo con Don Bosco, permanecer ante su cuerpo, para rezar.
Así bajé a la Capilla de las Reliquias y desde el primer momento, cuando contemplé el cuerpo de mi amado Padre fuera de la urna, que habitualmente lo conserva y lo expone a la veneración de los fieles, sentí una profunda emoción.
Con gran reverencia me acerqué y me puse a sus pies, de modo que pudiera verlo completamente. Lo primero que me llamó la atención fue una sensación tan especial, la de no encontrarme ante los restos mortales de un ser amado, sino ante un ser viviente. Así aparecía en su rostro sereno y sonriente. Me parecía oírle decir a sus muchachos del Oratorio de Valdocco: “Don Bosco no morirá del todo mientras viva en vosotros”.
Llevaba conmigo a tantas personas y situaciones de la Congregación, de la Familia Salesiana y de los jóvenes que tengo en el corazón. Mientras hablaba de ellos a Don Bosco y los confiaba a él, mi oración se convirtió en una larga acción de gracias.
Pensando que desde 1929 el cuerpo de Don Bosco estaba colocado en aquella urna conocida por nosotros, sin que se hubiera abierto nunca, me parecía estar llamado en aquel momento histórico de gracia a representar a todos los Salesianos, a los miembros de la Familia Salesiana, a los jóvenes, a los colaboradores seglares, en una palabra, a todos los que de alguna manera se identifican con Don Bosco, para decirle nuestro ‘gracias’ desde lo profundo del corazón por todo lo que ha sido, por todo lo que ha hecho, por todo lo que nos ha comunicado.
De hecho somos millones de personas que, en los cinco continentes, hemos hecho nuestros sus sueños, sus convicciones, su proyecto apostólico, su dinamismo espiritual.
Cuando contemplaba su rostro sereno y sonriente, me decía: “Pero, ¿cómo has logrado llegar a tanto sin que la vida te robase la alegría, la paz, la energía? No sé cuántas cosas habrán pasado por tu mente, pero estoy seguro de una cosa, que siempre habrán sido Dios y los jóvenes los que la llenaron: así, inseparablemente Dios y los jóvenes, como dos polos alrededor de los cuales ha girado tu vida, sintiéndote enviado por Él a ellos y por ellos a Él”.
Cuanto más lo contemplaba, más quería encarnarlo y hacer que todos los Salesianos lo encarnasen. Y quería tener su mente, su corazón, sus manos, sus pies, para contemplar la realidad como él la contempló desde la perspectiva de Dios y de los jóvenes, para imaginar con creatividad y generosidad las iniciativas que hay que seguir tomando, las respuestas que dar a las expectativas y a las necesidades de los jóvenes hoy, para tener la laboriosidad y la audacia que caracterizaron su vida consumida hasta el último aliento por ellos; para ponerme en camino – misionero de los jóvenes – e irlos a encontrar por las calles y los suburbios de Turín, imagen de todos los caminos y los suburbios del mundo.
De improviso sentí los pasos de las personas que bajaban. Me di cuenta de que el tiempo había volado. Las he saludado y hemos comenzado con gran devoción el reconocimiento, al final del cual hemos tomado una decisión para una mejor conservación del cuerpo de Don Bosco. Debo testimoniar el cuidado extremo con que los hermanos habían colocado el cuerpo en 1929. Efectivamente, todo había sido finamente preparado y decorado: desde la colchoneta bordada al alba y amito tejidos por las Hijas de María Auxiliadora, y a la riquísima casulla con que fue revestido, don del Papa Benedicto XV a Don Pablo Albera.
Boletín Salesiano 142. Julio/Agosto 2009
Don Pascual Chávez, noveno sucesor de Don Bosco, nos relata cómo surgió la idea de la peregrinación de las reliquias de Don Bosco El 12 de noviembre de 2005 he vivido una de las experiencias más hermosas y significativas no sólo de mi vida salesiana, sino de toda mi experiencia humana. Había ido a Valdocco, entre otras cosas, para el reconocimiento del cuerpo de Don Bosco, y debo decir que cualquier expectativa mía quedó absolutamente superada.
Había pedido al Inspector y al Rector de la Basílica que, antes del acto oficial, con la presencia de las autoridades competentes y de algunos Salesianos e Hijas de María Auxilidora, pudiera quedarme sólo con Don Bosco, permanecer ante su cuerpo, para rezar.
Así bajé a la Capilla de las Reliquias y desde el primer momento, cuando contemplé el cuerpo de mi amado Padre fuera de la urna, que habitualmente lo conserva y lo expone a la veneración de los fieles, sentí una profunda emoción.
Con gran reverencia me acerqué y me puse a sus pies, de modo que pudiera verlo completamente. Lo primero que me llamó la atención fue una sensación tan especial, la de no encontrarme ante los restos mortales de un ser amado, sino ante un ser viviente. Así aparecía en su rostro sereno y sonriente. Me parecía oírle decir a sus muchachos del Oratorio de Valdocco: “Don Bosco no morirá del todo mientras viva en vosotros”.
Llevaba conmigo a tantas personas y situaciones de la Congregación, de la Familia Salesiana y de los jóvenes que tengo en el corazón. Mientras hablaba de ellos a Don Bosco y los confiaba a él, mi oración se convirtió en una larga acción de gracias.
Pensando que desde 1929 el cuerpo de Don Bosco estaba colocado en aquella urna conocida por nosotros, sin que se hubiera abierto nunca, me parecía estar llamado en aquel momento histórico de gracia a representar a todos los Salesianos, a los miembros de la Familia Salesiana, a los jóvenes, a los colaboradores seglares, en una palabra, a todos los que de alguna manera se identifican con Don Bosco, para decirle nuestro ‘gracias’ desde lo profundo del corazón por todo lo que ha sido, por todo lo que ha hecho, por todo lo que nos ha comunicado.
De hecho somos millones de personas que, en los cinco continentes, hemos hecho nuestros sus sueños, sus convicciones, su proyecto apostólico, su dinamismo espiritual.
Cuando contemplaba su rostro sereno y sonriente, me decía: “Pero, ¿cómo has logrado llegar a tanto sin que la vida te robase la alegría, la paz, la energía? No sé cuántas cosas habrán pasado por tu mente, pero estoy seguro de una cosa, que siempre habrán sido Dios y los jóvenes los que la llenaron: así, inseparablemente Dios y los jóvenes, como dos polos alrededor de los cuales ha girado tu vida, sintiéndote enviado por Él a ellos y por ellos a Él”.
Cuanto más lo contemplaba, más quería encarnarlo y hacer que todos los Salesianos lo encarnasen. Y quería tener su mente, su corazón, sus manos, sus pies, para contemplar la realidad como él la contempló desde la perspectiva de Dios y de los jóvenes, para imaginar con creatividad y generosidad las iniciativas que hay que seguir tomando, las respuestas que dar a las expectativas y a las necesidades de los jóvenes hoy, para tener la laboriosidad y la audacia que caracterizaron su vida consumida hasta el último aliento por ellos; para ponerme en camino – misionero de los jóvenes – e irlos a encontrar por las calles y los suburbios de Turín, imagen de todos los caminos y los suburbios del mundo.
De improviso sentí los pasos de las personas que bajaban. Me di cuenta de que el tiempo había volado. Las he saludado y hemos comenzado con gran devoción el reconocimiento, al final del cual hemos tomado una decisión para una mejor conservación del cuerpo de Don Bosco. Debo testimoniar el cuidado extremo con que los hermanos habían colocado el cuerpo en 1929. Efectivamente, todo había sido finamente preparado y decorado: desde la colchoneta bordada al alba y amito tejidos por las Hijas de María Auxiliadora, y a la riquísima casulla con que fue revestido, don del Papa Benedicto XV a Don Pablo Albera.








