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Boletín Salesiano 142. Julio/Agosto 2009

En este artículo contemplaremos a Don Bosco después de cumplir sus 60 años. De estos años de la vida de Don Bosco es posible enfocar y subrayar aspectos muy diversos.
Cada uno de nosotros puede elegir según sus propias inclinaciones y necesidades de acuerdo a la etapa de su vida. Optamos por cuatro aspectos, que pueden ser como un ensayo de descripción sintética de su plena vitalidad carismática en sus últimos años:

La madurez de su paternidad;
La creatividad no agotada de su caridad pastoral con nuevas fronteras apostólicas;
La fecundidad de la cruz en las pruebas de la vida pastoral;
Las silenciosas manifestaciones de su trato asiduo con Dios.

Contemplamos la madurez de su paternidad

A medida que Don Bosco se adentra en los años, su paternidad se amplía. Hasta podría superficialmente parangonarse a la del abuelo cuya paternidad se prolonga en los nietos, y en los hijos de sus nietos. Pero la paternidad de Don Bosco de sesenta y setenta años sigue siendo paternidad no de abuelo, sino de padre, siempre padre.

Su paternidad se expresa, en términos de bondad y confianza, poniendo en el centro nunca su propia persona, sino la del joven, y buscando infaliblemente el bien y la salvación de los demás. Nos encontramos con cartas de esta época, dirigidas a los primeros superiores de entonces, a sus misioneros, a sus salesianos, a jóvenes seminaristas, a bienhechores, a educadores, a personas de toda condición, hombres y mujeres, y con visible predilección, a jóvenes y grupos de jóvenes.

Se trata de una paternidad siempre más ampliada, que se ha ejercitado y “especializado”, ante todo, como paternidad de jóvenes, pero que acercándose al ocaso, se proyecta con una luz más amplia, como la de un padre “educador-padre-de-educadores”, y padre-amigo de toda persona interesada o comprometida en la educación de jóvenes, en cualquier parte del mundo donde se encuentre.

Son emblemáticas y significativas las cartas que a esta edad Don Bosco escribe a los chicos del Colegio de Lanzo (a los 60 y 61 años) y a los de Valdocco (a los 69: “Cerca o lejos siempre pienso en ustedes… uno sólo es mi deseo...”) y las famosas “cartas-testamento” a los cinco misioneros del Río de la Plata, cuando él tenía 70 años y los destinatarios 47, 39, 41, 38 y 35 años, respectivamente.

La madurez de su paternidad se nos presenta como la de un padre que confía en hijos adultos: en la madurez de sus empresas apostólicas (está iniciando su gran aventura misionera) confía en los que las continuarán: “Ustedes completarán la obra que yo he comenzado… yo hago el croquis y ustedes le pondrán los colores”.

Y a los 72, en la última semana de vida: “La Congregación no tiene nada que temer. Tiene hombres formados”.

Don Bosco confía en los que conoce. Y también en los que todavía no pudo conocer. Confía en la multitud de los salesianos que vendrán después de él (lo sabemos por sus mismas declaraciones), a la mayor parte, no les conocía ni siquiera la cara .

Paternidad ampliada, extendida, multiplicada.

Paternidad que confía en hijos adultos y que sigue sintiendo predilección por los jóvenes.

Contemplamos su incansable caridad apostólica… hasta el final

De los 60 a los 70 encontramos a Don Bosco en plena fecundidad eclesial como fundador de un gran movimiento apostólico:

Son los años del lanzamiento y de la expansión de la Congregación fuera de Italia y de Europa, y del inicio y crecimiento de la gran aventura misionera de Salesianos e Hijas de María Auxiliadora; son los años de todas las expediciones y de los grandes sueños misioneros, que hacen soñar también a los que no parten para las misiones;

- Son los años de la intensificación de su trabajo por las vocaciones al servicio de toda la Iglesia;

- Los tiempos de dar a luz su diseño de “salesiano en el mundo” con un reconocimiento eclesial y público: ha nacido en la Iglesia, al menos germinalmente lo que hoy llamamos Familia Salesiana (en sus ramas fundacionales);

- Ha lanzado un periódico al mundo de la comunicación para difundir su “idea” e implicar a muchos más en su empresa: el “Boletín Salesiano”;

- Ha publicado sus dos “grandes” escritos sobre el Sistema Preventivo;

- Viaja por España y por Francia, difunde su obra y contagia el interés por la educación de la juventud con el sistema de la bondad en el ámbito cultural de esas dos naciones;

- Ilumina y afianza la fisonomía espiritual de su congregación (que recién ha recibido la aprobación de sus Constituciones), con un magisterio fundacional muy sencillo, concreto y cercano, del que son expresión familiar los dos grandes sueños del trabajo y la templanza y el del manto de los diez diamantes;

- Y puede ver sellado y confirmado su trabajo de fundador con una mayor libertad reconocida por la máxima autoridad de la Iglesia.

En esta fase de madurez, Don Bosco percibe también el vastísimo campo y las grandes posibilidades que le ofrece la Providencia para ampliar, siempre más, su radio de acción en la misión que se le ha confiado.

A los 60 años le confía una noche a Don Barberis: “Hay mucho que hacer, querido Don Barberis, ¡cuánto hay por hacer! Hoy como todos los días, a las dos y cuarto, después del almuerzo, ya estaba en el escritorio trabajando. No me moví hasta las 8. Y, sin embargo, no pude acabar todo… Pero vamos, hagamos lo que se pueda “ad maiorem Dei gloriam”. Y lo que no se pueda hacer, habrá que tener paciencia y dejarlo sin hacer” .

Don Barberis le augura largos años de vida y buena salud para lograr despachar muchos de esos grandes asuntos. Y Don Bosco: “También yo pienso, de tanto en tanto, que si el Señor me concediese llegar a los 80 o aún a los 85 años, y me siguiese dando la salud y la prontitud de mente que ahora tengo, se verían cosas, y no sólo Italia, sino también Europa y el mundo tendrían que darse cuenta. Pero que el Señor disponga como crea. Yo, mientras me deje en vida, me quedo de buena gana.

Trabajo todo lo que puedo, de prisa, porque veo que el tiempo apremia, y por muchos años que uno viva, no se puede nunca hacer la mitad de lo que uno quisiera. Hago proyectos, trato de realizarlos, perfeccionando muchas cosas hasta donde puedo, y estoy esperando que suene la hora de la partida. Cuando la campana me dé la señal de partir, partiremos. Quien quede en este mundo completará lo que yo haya dejado por acabar. Hasta que no oiga la campana yo no me entrego” .

Y fue a los 68 años cuando Don Bosco dijo: “Si viviese cuanto Matusalén, pondría el mundo al revés” .

La fecundidad de la cruz y del grano de trigo que muere.

Después de lo visto sobre la fecundidad de iniciativas y empresas apostólicas en la “tercera edad” de Don Bosco, viene oportuna la síntesis que, en alguna de sus biografías podemos leer acerca del doloroso conflicto con su Arzobispo, conflicto que tiñó de sinsabores el espacio de más de diez años de la vida de Don Bosco: “El largo y humillante conflicto con el Arzobispo, atormentador como una corona de espinas, lo tuvo Don Bosco durante los años de sus más espléndidas realizaciones”.

El Cardenal Cagliero sostiene en su declaración como testigo del proceso de beatificación: “Sostengo que no sin disposición divina, Don Bosco, en aquel que él esperaba habría sido su más seguro y fuerte protector, tuvo en cambio, para perfección de su santidad, un opositor, y justo en el período más glorioso y fecundo de su apostolado.

Esta cruz que el Señor le puso sobre sus espaldas le hacía perder gran parte de su preciosísimo tiempo”. “Nosotros iremos adelante callando y no emprendiendo nada contra él… (confió Don Bosco a uno de los íntimos). Me apena… por el tiempo que nos hace perder y que podríamos emplear para el bien de las almas”.

Dentro de esta dinámica del sufrimiento, por el prolongado conflicto, se inscribe, casi como colofón, la humillación, por pedido expreso de León XIII, de escribir al Arzobispo expresando su desagrado por los incidentes de los últimos tiempos, implorando su perdón y olvido del pasado.

Antes, durante y después de este pesado sufrimiento moral, están además los sufrimientos físicos de los que Don Ceria ha podido hacer un elenco . Varias de las enfermedades que Don Bosco tuvo a lo largo de su vida se acumularon, sobre todo, en los años que estamos tratando: persistente mal de ojos (desde 1843); hinchazón en las piernas y en los pies (desde 1846); fuertes dolores de cabeza y neuralgias; dolores que le torturaban semanas enteras las encías; digestiones laboriosas; palpitaciones del corazón; insomnios obstinados y en los últimos quince años, fiebres intermitentes con erupciones cutáneas.

Sobre el hueso sacro una excrecencia de carne viva que le molestaba enormemente cuando se sentaba o se acostaba (cuando los cercanos advirtieron su molestia al estar sentado, se limitó a decir: “Estoy mejor de pie, o paseándome. Me molesta sentarme”. Y Don Ceria cierra este elenco con la problemática de la columna vertebral que lo obligaba a caminar, hacia el final, penosamente encorvado.

Todo este cuadro configuró el panorama descrito por aquel eminente médico de Marsella, que frente a Don Bosco de 65 años, llegó a decir que su cuerpo era un paño gastado, imposible de remendar . Este es el Don Bosco que trabaja y reza, confiesa mucho tiempo, predica y viaja, con semblante sereno, calmo y risueño y que, con su palabra, infunde aliento a los otros.

Don Bonetti exhortaba a Don Bosco, postrado en cama y ya en los últimos días de su enfermedad, a pensar en Jesús, que en la cruz sufría sin poder moverse. Y Don Bosco pudo responderle con humildad: “Sí, es lo que hago siempre”.

En la raíz de todo

Su vida de fe y de unión con Dios pudo ponerse de manifiesto con mayor claridad, sobre todo en estos años, como una corriente subterránea que ha circulado durante mucho tiempo y que ahora, finalmente, sale sin hacer mucho ruido, a la superficie.

Don Francisco Cerruti declaró en el proceso de beatificación acerca de los últimos años: “Cuando sus achaques, dolor de cabeza, cansancio de pecho y ojos medio apagados, no le permitían ya entregarse al trabajo, era penoso, y al mismo tiempo consolador, verlo pasar horas largas sentado en su pobre sofá, en lugar a veces medio a oscuras, porque sus ojos no aguantaban la luz y, no obstante, siempre tranquilo y sonriente con el rosario en la mano, los labios articulando jaculatorias y las manos que, de cuando en cuando, se alzaban para manifestar, en su mudo lenguaje,… entera conformidad con la voluntad de Dios que… no podía ya exteriorizar con palabras… Estoy íntimamente persuadido de que su vida, sobre todo en los últimos años, fue una continua oración con Dios…”

Don Rinaldi es un testigo privilegiado de estos años. En 1883 Don Bosco, que tenía 68 años, lo hizo director de los “Hijos de María” (las vocaciones adultas) a los 27 años, y permaneció con esa responsabilidad hasta 1889. “Durante los últimos años, después de unas mañanas totalmente ocupadas recibiendo personas de toda condición social,… solía estar retirado en su habitación todos los días desde las dos a las tres de la tarde, y no permitían los Superiores que en esa hora se le molestase.

Pero estando yo, desde 1883…, encargado de una casa de formación de aspirantes al sacerdocio, y habiéndome él dicho que fuese a verlo siempre que lo necesitase, quizás con poca discreción, seguro de que podría llegar a él con mayor comodidad, quebranté varias veces la consigna, y no sólo en el Oratorio, sino en Lanzo y en San Benigno…, en Mathi y en la casa de San Juan Evangelista, me acerqué varias veces a él precisamente a aquella hora para hablarle. Y en todas partes y siempre, lo sorprendí recogido, con las manos juntas, en meditación” .